CDMX.- Cuando se escucharon los caracoles, los celulares fueron más veloces que las miradas. Un paisaje de manos levantadas con aparatos que grababan el inicio del espectáculo nos recordaron que esto es la inauguración del Mundial de 2026 en el estadio Ciudad de México y no una ceremonia de 1986 o 1970.
Esta Copa del Mundo de tres países que empezó hoy no ocurrió por la asociación de la FIFA, el gobierno -de Díaz Ordaz- y la televisora de Emilio Azcárraga Milmo como en el primer torneo en México ni por la obra de Televisa cuando fue dueña absoluta del torneo en 1986. Esta vez todo sucede por ese nuevo imperio llamado FIFA que pretende convencernos de que esto se trata de futbol aunque cada vez queda más en evidencia que esto trata de otras cosas. Cómo pensar que esto sólo es deporte impoluto cuando uno de los anfitriones, Estados Unidos, bombardea a un invitado, Irán, y hostiga a su delegación en esta copa.

Mientras tanto, afuera del estadio, diversos grupos sociales protestan contra este mega evento de la FIFA. Madres buscadoras intentaron acercarse el escenario de esta apertura, estudiantes y profesores de la CNTE se manifestaron para presionar por sus causas, mientras el organismo del futbol intenta convencer de que este evento une al mundo.
Esta inauguración no podía ser como antaño, porque todo ha cambiado, antes los números musicales de la apertura se podían confundir con un promocional de la Secretaría de Turismo. Los tiempos que corren exigen que todo sea espectacular y descomunal, explosivo. Y desde el centro de la cancha, desde las entrañas de un escenario dorado, emergió un monumental trofeo de la FIFA. Las siglas del organismo del futbol de pronto se desplazaron desde lo alto del estadio para coronar la escena en el centro del campo.
Y empezó aquello que parecía más un show como los que acostumbran los deportes globales de hoy en día, algo que se parece más a un concierto masivo que a un simple aperitivo de bienvenida para un torneo deportivo. Apareció entonces Maná y todo se estremeció, los tapatíos son ídolos en su patria, quién lo discute. No podían faltar los bailarines con atuendos que suponen prehispánicos y las faldas para zapateado, aunque no zapateaban sino “perreaban” mientras Danny Ocean cantaba Partidazo. Siguió una efímera Belinda y tras un preámbulo de los Labubus, esos monstruos de peluche que se cuelgan en las mochilas de los adolescentes, J Balvin llegó a calentar el escenario antes del momento estelar: Shakira con el tema del Mundial. Ella es la figura de este mediodía, quizás la cantante latinoamericana con más proyección planetaria, además con antecedentes mundialistas: fue la intérprete del tema de Sudáfrica 2010.
Los tiempos han cambiado desde el último Mundial que se inauguró en este estadio en 1986. Las tecnologías son otras, inimaginables si nos remontamos cuatro décadas atrás, los hábitos y la atención se han fragmentado. Pero algo parece mantenerse intacto: al aficionado mexicano le gusta el relajo cuando está en bola.


















